06 de junio de 2019

 

El templo Bahá’i se trata de uno de los edificios más atractivos de América del Sur: desde su apertura, hace casi tres años, ha recibido a más de 1.4 millones de visitantes. Sobre un área de nueve hectáreas, se distribuye en 2300 m2 ofreciendo clubes comunitarios, programas juveniles y actividades para niños.

Además, fue seleccionado finalista para el Premio Internacional del Royal Architectural Institute of Canada (RAIC). Concedido cada dos años, este premio de renombre mundial celebra la arquitectura de todo el mundo que transforma la sociedad y promueve la justicia, el respeto, la igualdad y la inclusión. El RAIC recibió presentaciones de 12 países en seis contenidos. “El resultado es atemporal e inspirador, un edificio que utiliza un lenguaje de espacio y luz, forma y materiales, para expresar una interpretación de la filosofía y enseñanza bahá’í que se vuelve universalmente accesible como una experiencia espiritual y emocional compartida”, comenta el Jurado de los Premios RAIC.

Cuestión de fe

“Como corazón del edificio, hay una creencia y una aspiración: que, aún hoy, en un siglo XXI fracturado, podemos responder al deseo humano de unirnos, conectarnos con el otro y con algo que nos mueva el espíritu”, explican desde Hariri Pontarini Architects. Ubicado de espaldas a la cordillera de Los Andes, cuenta con nueve entradas, que para los Bahá’í simbolizan la unidad. A diferencia de las religiones más populares, que están fundamentadas en el culto a las imágenes, este templo no exhibe ninguna. Tampoco hay rituales, ni ceremonias, ni individuos que dirijan el culto: solo frases caladas en las columnas o pilares.

La religión Bahá’í está basada en la oración, la meditación y la vida de servicio: el objetivo es convertir a las personas en una fuente de bien social. Por eso tanto el diseño arquitectónico como los interiores del templo buscan reducir la experiencia a lo imprescindible: “Se trata de un espacio humano, atractivo universalmente por su forma y su relación con el paisaje. Destilado hasta su máxima esencia, el templo es una construcción que busca cobrar vida a través de la iluminación: la luz encarnada”.

Cerca del cielo

Desde su fachada, al edificio está integrado por nueve alas idénticas que se erigen en forma de torsión. En su parte superior se encuentran unidas a un óculo, creando un movimiento ligero alrededor del centro. El interior, revestido por esas curvas, simula un refugio en el que la luz se filtra a través del vidrio fundido, rebotando en el mármol translúcido y cubriendo a los visitantes de calidez. Los bancos de madera invitan a compartir la experiencia de contemplación, mientras que en el entrepiso se ofrece un espacio más privado para quienes busquen orar de manera aislada.

Si bien se trata de un templo despojado y minimalista, acoge a los visitantes de manera íntima. Su compleja ingeniería fue desarrollada para convivir de manera armónica con el hábitat y el clima agreste, en una región propensa a terremotos. En la obra participaron artesanos, ingenieros y trabajadores de Canadá, Estados Unidos, Europa y Chile, además de un equipo de incontables voluntarios globales. Del mismo modo que en su construcción demandó la unión de muchas voluntades, en su universo abierto el templo congrega a fieles que, silenciosamente, no solo se entregan a su fe sino, también, al entorno creado para poder materializarla.

Las líneas arqueadas de los bancos de madera flexibles invitan a las personas a reunirse, sentarse uno al lado del otro en tranquila contemplación, compartiendo el acto comunitario de ser. El entresuelo de la alcoba superior permite que aquellos que buscan la soledad se acomoden a sí mismos sin perder la conexión con la comunidad de abajo. La capacidad del mismo es de 600 personas.

Dada la intimidad y la delicadeza del Templo, es fácil pasar por alto la dureza inherente de la estructura y la ingeniería requerida para que el edificio capte el clima escarpado en esta región propensa a los terremotos durante los próximos 400 años. El proceso para lograr esto fue bastante extraordinario, involucrando las manos de ingenieros y artesanos de Canadá, Estados Unidos, Europa y Chile, y un equipo de innumerables voluntarios globales. El proceso, como el propio edificio, une a las personas en pos de un objetivo común.

Expresando una creencia inquebrantable en la inclusión, el Templo convirtió en la encarnación de una aspiración humana por lo común dentro de la diversidad. Desde su inauguración en el otoño de 2016, el Templo se ha convertido rápidamente en un atractivo mayor en América del Sur, ha dado la bienvenida a más de 1.4 millones de visitantes y atiende a más de 36,000 personas los fines de semana. Entre ellos, muchos mapuches, los pueblos indígenas de Chile, que hicieron el viaje al Templo, fueron su primer viaje lejos de su aldea. Ocupa un lugar importante dentro del panorama social chileno, albergando clubes comunitarios, programas de divulgación para jóvenes y actividades para niños en asociación con las escuelas públicas. El Templo es un lugar atemporal donde las personas se sienten como en casa, capaces de mantener sus creencias entre otros.

Fuente: Hariri Pontarini Architects – www.hariripontarini.com
Imágenes cortesía de: v2com – www.v2com-newswire.com

 

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