06 de junio de 2019

 

El Templo Bahá’í ubicado en Chile, diseñado por Siamak Hariri de Hariri Pontarini Architects, fue seleccionado finalista para el Premio Internacional del Royal Architectural Institute of Canada (RAIC). Concedido cada dos años, este premio de renombre mundial celebra la arquitectura de todo el mundo que transforma la sociedad y promueve la justicia, el respeto, la igualdad y la inclusión. El RAIC recibió presentaciones de 12 países en seis contenidos.

“El resultado es atemporal e inspirador, un edificio que utiliza un lenguaje de espacio y luz, forma y materiales, para expresar una interpretación de la filosofía y enseñanza bahá’í que se vuelve universalmente accesible como una experiencia espiritual y emocional compartida”, comenta el Jurado de los Premios RAIC.

El Templo se asienta en el borde de Santiago de Chile y está ubicado contra la columna vertebral de las montañas de los Andes. Fue encargado por la Casa de Justicia de Bahá’í y es el octavo y último templo en el mundo para la Fe de Bahá’i (segundo templo en América). Pero, lo central de su resumen y su diseño es que sea un lugar de bienvenida, comunidad y significado para todos.

Es un lugar humano, universalmente atractivo en su forma y en su paisaje. El Templo es un edificio de 30 metros de altura y 30 de diámetro que busca cobrar vida con la luz recibida del exterior, basándose en un texto del profeta Bahá’u’lláh. Compuesto por nueve alas idénticas, elegantemente torcidas y unidas en la parte superior, crean un movimiento sin peso alrededor de un centro conectado a tierra. Una estructura circular con nueve lados, nueve entradas abiertas, en sentido figurado y simbólico.

En contraste con la sutileza del Templo en el paisaje, una vez dentro del edificio se eleva junto con el espíritu de los que entran. El interior voluminoso está lleno de luz suave que se filtra a través del exterior de vidrio fundido transparente y el revestimiento interior de mármol baña a los visitantes en calidez. La estructura secundaria de los pétalos, la cual soporta el revestimiento interior y exterior del templo, está hecha de un reticulado estereométrico de acero de doble capa.

Las líneas arqueadas de los bancos de madera flexibles invitan a las personas a reunirse, sentarse uno al lado del otro en tranquila contemplación, compartiendo el acto comunitario de ser. El entresuelo de la alcoba superior permite que aquellos que buscan la soledad se acomoden a sí mismos sin perder la conexión con la comunidad de abajo. La capacidad del mismo es de 600 personas.

Dada la intimidad y la delicadeza del Templo, es fácil pasar por alto la dureza inherente de la estructura y la ingeniería requerida para que el edificio capte el clima escarpado en esta región propensa a los terremotos durante los próximos 400 años. El proceso para lograr esto fue bastante extraordinario, involucrando las manos de ingenieros y artesanos de Canadá, Estados Unidos, Europa y Chile, y un equipo de innumerables voluntarios globales. El proceso, como el propio edificio, une a las personas en pos de un objetivo común.

Expresando una creencia inquebrantable en la inclusión, el Templo convirtió en la encarnación de una aspiración humana por lo común dentro de la diversidad. Desde su inauguración en el otoño de 2016, el Templo se ha convertido rápidamente en un atractivo mayor en América del Sur, ha dado la bienvenida a más de 1.4 millones de visitantes y atiende a más de 36,000 personas los fines de semana. Entre ellos, muchos mapuches, los pueblos indígenas de Chile, que hicieron el viaje al Templo, fueron su primer viaje lejos de su aldea. Ocupa un lugar importante dentro del panorama social chileno, albergando clubes comunitarios, programas de divulgación para jóvenes y actividades para niños en asociación con las escuelas públicas. El Templo es un lugar atemporal donde las personas se sienten como en casa, capaces de mantener sus creencias entre otros.

Fuente: Hariri Pontarini Architects – www.hariripontarini.com
Imágenes cortesía de: v2com – www.v2com-newswire.com

 

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