14 de Septiembre de 2016

Daniel Libeskind

Nació en 1946 en Łódź, Polonia, en el seno de una familia judía atormentada por el Holocausto. Durante su adolescencia DANIEL LIBESKIND conoció un nuevo mundo: sus padres eligieron a los Estados Unidos como refugio y al Bronx como segundo hogar.

Él recuerda aquellos años como un tiempo de esperanza: mientras el barco se acercaba al puerto de Nueva York, la ciudad se presentaba como un anfitrión amable. Su triple nacionalidad -polaca, israelí y norteamericana- es sin dudas un componente que deja huellas en su obra, aunque como tal comenzó recién a sus 52 años, con la construcción del Museo Judío de Berlín.

Y es que no fue la arquitectura lo primero que creó: fue un acordeonista virtuoso, formado en la Gran Manzana e Israel. En 1970 se graduó como arquitecto en la Cooper Union for the Advancement of Science and Art e hizo un posgrado en historia y teoría de la arquitectura en la Universidad de Essex, Inglaterra.

Arquitectura: un laboratorio de ideas

LIBESKIND tiene una reflexión elaborada sobre cada acción o disciplina. Si bien ha abandonado del todo la música, siente que la hace sonar en la arquitectura.

Así, las formas de sus edificios suelen transmitir ritmo y armonía, como la casa 18.36.54, ubicada en Connecticut: el revestimiento exterior de acero inoxidable pulido, simulando un espejo, presenta cortes irregulares que generan distintas vistas desde cada ángulo.

En el interior, en donde el roble autóctono protagoniza los diferentes espacios, se reproduce la misma morfología pero con una sensación diferente: si desde afuera los quiebres marcan un plano en el aire, en su interior funcionan como instalaciones artísticas.

Las mismas geometrías pronunciadas y terminadas en punta se ven en la extensión del Denver Art Musem de Colorado, cuyo diseño está inspirado en los picos de las Rocky Mountains que se encuentran detrás del edificio. Su superficie fue revestida con 9000 paneles de titanio que buscan generar complicidad con los espacios públicos que se abren alrededor del museo: el centro cívico y la plaza de arte Acoma.

 

El Museo Judío de Berlín también transmite ese lenguaje, pero con otro propósito: la fachada de hormigón revestido con zinc y el recorrido interior que conduce a los distintos espacios fueron diseñados para recrear la experiencia del encierro.

En algunas salas la luz es escasa y sólo ingresa a través de una rendija; en otras, la circulación se plantea como un laberinto.

Visto desde un plano cenital, la forma del edificio reproduce un rayo, la fisura que ha dejado el Holocausto en la historia de Alemania y del mundo entero.

Una figura también de rayo, pero sobre el aire, dibuja la Outside Line, el pabellón diseñado cerca de Uozu, en Japón: “es una línea entre los objetos creados por el hombre y las formas de la naturaleza”, explica LIBESKIND.

Ubicado en el Sports Park de la ciudad, el proyecto fue pensado como un espacio de contemplación para la compresión del espacio: “La línea roja se orienta sobre un eje imaginario que conecta la historia del Buried Forest Museum con el horizonte ascendente de la montaña  Tateyama”.

La musicalidad de LIBESKIN también es aplicada a edificios de viviendas, uno de ellos en Tirana, Albania: “Crean una tipología que oscila entre una estructura en bloque tradicional y un plan abierto, conectando espacios públicos con espacios semi privados y privados, con un ritmo y dinámica para los habitantes”, cuenta el arquitecto.

La asimetría de las ventanas y las estructuras trepadoras que aumentan el volumen de las fachadas aportan una dosis de humor e ironía sobre el edificio. En una de sus últimas obras, el Vanke Pavilion en Milán, Italia, LIBESKIND llevó el problema de la forma a una dimensión orgánica para una exposición temporal, luego de la cual se desarmó y los materiales fueron recuperados.

Diseño a escala

Además de hacer arquitectura, y precisamente por dedicarse a ella, LIBESKIND es un incansable pensador de la vida de todos los días: también diseña piezas de arte, objetos de decoración y mobiliario. Entre ellas se destacan el artefacto de iluminación Ice Chandelier, lámpara colgante hecha con vidrio soplado de manera artesanal con un patrón triangular que simula estalactitas.

Para la marca de lujo Loloey diseñó una serie de alfombras estampadas con dibujos de su serie “Micromegas”, que fueron confeccionadas a mano con seda de bamboo.

Para la firma Swarovski proyectó un set de ajedrez cuyas piezas de mármol, plata, cristal y cemento reproducen algunos de los edificios más emblemáticos del arquitecto. En materia de mobiliario ha desarrollado, entre otros, la colección de espejos “The Wing” y la silla y mesa “Torq”, que parten de una estructura de hierro tubular y crecen en volumen.

Existen al menos tres tipos de arquitectos: los que levantan edificios; los que diseñan y levantan edificios y los que piensan, diseñan y levantan edificios. Sin dudas, DANIEL LIBESKIN se encuentran entre estos últimos: su experiencia personal ha atravesado su forma de pensar la arquitectura y también el modo de entender la vida en sociedad y las necesidades de los habitantes. Su obra se organiza en un mapa poblado por espacios que interpelan y contienen: hacia afuera, como arte público; hacia adentro, como diálogo con la memoria histórica y personal.

 

Fuente: Daniel Libeskind – www.libeskind.com
Imágenes cortesía de Daniel Libeskind – www.libeskind.com
Otras Notas

Mirá la revista